El primer hecho histórico relacionado
con la Semana Santa tiene lugar el 15 de mayo de 1595,
cuando sometidos los moriscos, los cristianos de Calanda
tienen la imperiosa necesidad de exteriorizar sin peligro
alguno el culto religioso. Es día sale todo el
pueblo en procesión, acompañado de los
clérigos y el Concejo de la Villa, para bendecir
e inaugurar el Calvario de Santa Bárbara, con
el fin de realizar las prácticas de los via crucis.
Unos años mas tarde, a raiz del Milagro de
Calanda ocurrido el 29 de marzo de 1640, el rey Felipe
IV llamó a palacio al joven Miguel Pellicer,
al que por un hecho sobrenatural le fue restituida una
pierna que había sido cortada. El rey tras conocer
al protagonista del portentoso suceso, le regaló
una armadura medieval que Pellicer donó a la
cofradía del Santísimo. Algunos historiadores
creen que los redobles de tambores arrancan de los días
posteriores al Milagro, cuando la guarnición
militar que había en Calanda desfiló jubilosa
tocando el tambor, festejando el singular acontecimiento.
Como la cofradía del Santísimo no sabía
que hacer con la armadura que Miguel Pellicer recibió
del rey, tuvieron la estrambótica idea de incorporarla
a la guardia romana de “putuntunes”.
Este escuadrón, cuya fundación se remonta
a comienzos del siglo XVII, tenía como misión
velar el Monumento y desfilar acompañando al
paso del sepulcro de Jesús, en la procesión
del Santo Entierro. Así la guardia de “putuntunes”,
uniformada como las legiones romanas, salió,
y todavía sale, acompañada de Longinos
que viste la armadura medieval, en la actualidad réplica
de la que en su día regaló Felipe IV.
A finales del siglo XVII las ordenes mendicantes se
instalan en Calanda, siendo el tambor un objeto muy
común entre las gentes, manejado por los militares
en desfiles y acompañamientos funerarios. El
22 de diciembre de 1682 los carmelitas comienzan la
construcción del Convento del Desierto y en el
año 1750 los franciscanos fundan el convento
de San Antonio. Estos frailes fueron los primeros que
llevaron el tercerol, el gorro que cubre la cabeza de
los tamborileros.
Todos estos acontecimientos fueron forjando el espíritu
cristiano de la Villa, plasmado en las austeras celebraciones
de la Cuaresma, en los sermones del “Lavatorio”
y en los rezos del Via-Crucis. Los frailes franciscanos
animaron a la población a pertenecer a la Orden
Tercera, llevando a la calle con gran aparato y suntuosidad
los autos sacramentales, misereres y demás actos
penitenciales.
En 1779 se construye el calvario actual, luciendo
en su portada barroca, el escudo franciscano. Las peanas
con las imágenes salen al exterior de los templos,
procesionados entre el fervor y la devoción popular.
A pesar de que Luis Buñuel, en el libro de
sus memorias “Mi último suspiro”
, el origen de los tambores lo sitúa a finales
del siglo XVIII, no hay documentación hasta el
año 1836, cuando la cofradía del Santísimo,
asentó en sus libros de cuentas la gratificación
a un grupo de tambores que había desfilado en
la procesión
Hay constancia de que el tambor era habitual en las
casas de Calanda. Algunos habitantes estaban muy familiarizados
con la técnica de tocar el tambor. Así
hasta 1936 fue habitual ver tamborileros cuyos instrumentos
procedían de las guerras carlistas.
A mitad del siglo XIX existían pequeñas
cuadrillas de personas aficionadas a tocar el tambor.
El historiador mosén Vicente Allenegui relata
como esos grupos de tambores se les hizo participar
de una manera sistemática en las procesiones
de Semana Santa. Eso ocurrió en 1856 cuando a
imitación de otros pueblos, como era el caso
de Hìjar y Alcañiz que ya lo venían
haciendo, se les animó a que salieran tocando
para dar mas realce a las celebraciones religiosas.
Hay referencia escrita de que en 1860 un grupo de
tambores había salido espontaneamente por las
calles para celebrar un acto de alegría como
fue la toma de Tetuán. A finales del siglo XIX
los tambores se hacen populares en la población,
tocando sola y exclusivamente en Semana Santa.
Esta tradición,, siguiendo los avatares de los
tiempos, con los vaivenes propios de la evolución,
continúa hasta nuestros días asentada
y totalmente arraigada en la población. |