El tambor en Calanda suena de otra
manera. Aquí el tambor es algo más que
un instrumento musical porque su sonido se hace a un
tiempo oración y armonía. Es el elemento
más aglutinador y democrático que nadie
haya podido imaginar. Con él se igualan ricos
y pobres, sabios y tontos, insignes catedráticos
y los más recalcitrantes analfabetos, policías
y ladrones, militares y anarquistas, mujeres y hombres,
niños y viejos, creyentes y agnósticos,
de derechas y de izquierdas, nada tiene importancia
si codo con codo tocas bien el tambor o el bombo y con
ello creas el espíritu de unión que impera
en las distintas cuadrillas que recorren las calles
de Calanda, orgullosas de provocar tanta admiración
en nuestros visitantes. Ninguna discrepancia, familiar
o política, tiene interés, tan sólo
importan el buen hacer con el tambor y la dinámica
del liderazgo tras el que se arropan los que, con menos
arte, rodean a los ases del tambor.
Los nombres que se desgranan a continuación
son los de esos tamborileros notables que han paseado
con orgullo su destreza y tolerado con enorme sencillez
la admiración que siempre has despertado. En
una localidad de tres mil habitantes, donde tocan el
tambor tres mil uno, la lisa de tamborileros es interminable,
por lo que sólo los más destacados de
los destacados, por su buen hacer o por su afición
tendrán cabida en esta reseña.
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