El desfile procesional del Pregón
sale del templo del Pilar a primeras horas de la tarde
del Viernes Santo. Participan todos los tamborileros
del pueblo vestidos con la túnica y el tercerol
morado. Acuden en familia, hijos, padres y abuelos,
siendo la procesión que más impresiona
a los visitantes.
Los tambores forman largas filas a ambos lados de la
calle y por el centro van los bombos, interpretando
todos el tradicional redoble del “pregón”.
El desfile se detiene al sonar el toque de atención
de las cornetas. Cesan de batir los instrumentos de
percusión, formándose un silencio expectante
y absoluto. Y en esa quietud sublime, rasga el silencio
la voz aguda y quejumbrosa, que semitona esta proclama,
sencilla y conmovedora, cuya redacción, de puro
antigua es imposible localizar, que dice así
“Hermanos fieles y devotos cristianos sabed:
Habiendo puestos pendiente de una Cruz al Hijo de María
Santísima, y habiéndole muerto por dar
a todos vida al Autor de ella, está desconsolada
su Santísima Madre, esperando os apiadéis
de su soledad y pobreza y le asistaís en el descendimiento
de su Hijo y Nuestro Salvador, Jesús Nazareno,
cuyo entierro y piadosa funeraria será mañana
a las nueve, para cuyo fin se hará esta tarde
la procesión de la Soledad; y puesto Cristo Nuestro
Dios y Señor murió por redimirnos y salvarnos,
obligación es de todos los cristianos asistir
devotos y compasivos, acompañando a María
Santísima, Madre de Jesús y Señora
Nuestra en el llanto. Y así en nombre de la Iglesia
Santa os amonesto concurráis a tan sagrada, piadosa
y debida obligación.”
Terminado el canto, los tambores y los bombos vuelven
a sonar hasta la siguiente parada del recorrido de la
procesión.
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