En los primeros segundos del día
del Viernes Santos, todos los tambores y bombos concentrados
en la plaza del Pilar y calles adyacentes comienzan
al unísono la percusión penitencial, iniciándose
el Via-Crucis al monte Calvario.
En la procesión sólo va el paso del Nazareno.
Los tambores y bombos llegan hasta el Calvario, comenzando
su ascensión. El monte está iluminado
con cientos de antorchas que le dan un aspecto fantasmagórico.
El sonido de los redobles se los lleva y los trae el
viento, formando todo ello una imagen caprichosa de
luz y sonoridad.
Al llegar el Nazareno a cada capilla, las cornetas
ordenan el silencio rezándose la estación
correspondiente, y así sucesivamente hasta el
final.
En la cumbre, se incorpora el paso del Cristo Crucificado,
que baja por otra ladera, acompañado de todos
los tamborileros hasta la iglesia parroquial, donde
termina la procesión y cesan los redobles.
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