| Es un espectáculo estremecedor.
Cientos de tambores y bombos suenan duran el Viernes
y Sábado Santo, poniendo una nota trágica
en la celebración de la Semana Santa.
Calanda se convierte en esos días en un atronador
apogeo de redobles que evocan ritos ancestrales, llegando
a su máxima intensidad en la hora que Cristo
expiró, cuando según los Evangelios un
terremoto hizo temblar Jerusalén. La tierra estalla
y las paredes vibran del sonido tempestuoso de los tambores.
El colorido ornamental se limita al morado de las túnicas
y del tercerol. Hombres ancianos, adultos, jóvenes
y niños, junto a mujeres de todas las edades
interpretan los sones mostrando su pericia en el batir
de bombos y tambores.
Los calandinos, que aprenden los toques desde pequeños,
participan juntos del ritual: Via-Crucis al monte Calvario,
la rompida, el Pregón de la muerte de Jesús,
la Soledad de la Virgen, el Santo Entierro y el desgarrador
final.
No hay durante estos días silencios en Calanda.
La Semana Santa se vive bajo el eco profundo, palpitante
y misterioso del sonido de los redobles de tambores.
Y en el fragor de la percusión, con su ritmo
atávico, desfilan las procesiones, las penitentas,
los “putuntunes”, las hebreas y sibilas,
los pasos y las Cofradías. Se evocan autos sacramentales
y el pueblo conmemora con piedad la muerte del Redentor.
La calles de Calanda quedan convertidas en un sentimiento
que irradia fe, tradición y amor por la tierra.
Las cuadrillas interpretan las marchas y repiquetes
en desafíos que engrandecen la comunicación.
Todo es estruendo y resonancias. Hasta que llega el
momento final con el recuerdo, el éxtasis y el
silencio melancólico que marca el cese definitivo
de la percusión. |