En la intensa noche un coro de hombres, cada uno desde su casa, se dirige hacia la Plaza, a la puerta de la Iglesia Parroquial. Uno de ellos lleva una luz temblorosa colgando en su mano: es la farola de la Aurora.

Allí mismo, en la puerta de la Parroquia, se inicia el canto. Es la Aurora de Calanda. El Evangelio se ha hecho canción en la noche. Es como un coro de centinelas, dispuestos a no perderse la primera raya del alba, la primera luz de Cristo resucitado.

Antes, cuando no había relojes despertadores en casa, el “llamador” iba despertando a los miembros del coro. Hoy acuden todos a la Plaza, a la hora prefijada. Pero tañe la misma campana, alumbra la misma farola y enciende el canto en el corazón la misma fe, la fe de nuestros antepasados, la fe de la Iglesia.