¿Qué tiene esta fiesta que nos mantiene a todos en una espera impaciente durante un largo año y nos deja casi sumidos en la melancolía cuando se va? ¿Que es lo que nos impulsa a coger nuestro tambor o nuestro bombo, ponernos nuestra túnica y salir a la calle a permanecer impertérritos bajo la lluvia y el frío o bajo un sol abrasador?

No existe una sola respuesta. Hay cientos de respuestas; y tras ellas otros tantos sentimientos para definir nuestra actitud y nuestra forma de ser y de estar en estas poco más de treinta y seis horas frenéticas.

Cada instante vivido en estos días es especial. Son momentos plagados de encuentros: de encuentro con la tradición, de encuentro con uno mismo, de encuentro con el pasado y con el presente, de sentimientos renovados…

Cada año al “Romper la Hora” se percibe una emoción, una energía diferente en el ambiente: es el espíritu de todo un pueblo que un año más se dispone a llenar una página en el libro de su historia.

Al final, cuando el último redoble se apaga, cuando el silencio invade nuestras calles y llena de melancolía nuestros corazones, en un último gesto tendemos nuestra mano dolorida al compañero más próximo para desearnos ese tan anhelado pero siempre incierto “hasta el año que viene”.